Reto de salud pública: Las parasitosis no son cosa del pasado y continúan propagándose en las comunidades vulnerables
Al ser las 5:00 p.m., Marlon Bonilla, un niño de ocho años de la etnia Ngäbe, camina hacia su casa. Todavía lleva puesto su uniforme de escuela cuando deja atrás la calle principal, atraviesa un puente estrecho y entra a Tanagra, una comunidad localizada en el distrito de Sixaola, Talamanca.
Antes de llegar a su casa, Marlon se detiene frente a un tubo. Ese tubo es el único punto de agua potable de toda la comunidad, donde viven cerca de 125 personas. De ellas, un 60% son Ngäbes, señala una tesis de la Facultad de Microbiología de la Universidad de Costa Rica (UCR) del 2023. La presencia de ese tubo es el recuerdo constante de una brecha que los números dimensionan.
Mientras que en Costa Rica el 97,3 % de las viviendas cuentan con agua por tubería en su interior, según la Encuesta Nacional de Hogares del 2025, en Tanagra las familias caminan con baldes hasta ese único punto para abastecerse y acceder a un recurso que, aún de esa forma, tampoco fue fácil de conseguir. Santo Lira Jirón, líder indígena, lo recuerda muy bien.
Después de casi seis años de esfuerzos de toda la comunidad, señala Santo, Tanagra finalmente consiguió una fuente de agua potable. Aunque sigue siendo limitado, hoy ayuda a proteger a sus niñas y niños de uno de los principales desafíos de salud que presentan: la parasitosis.
“Antes de tener ese tubo consumimos agua de pozo y era peor. Era cuando más casos de esos bichos había”, menciona Ana Beker Bonilla, también de la etnia Ngäbe y familiar de Marlon.
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La parasitosis son enfermedades que ocurren cuando distintos organismos nocivos ingresan al cuerpo para vivir a expensas de él. La entrada puede darse mediante diferentes maneras, como el consumo de agua, comida contaminada o a través de la piel.
En Costa Rica, este tipo de infecciones están lejos de haber desaparecido y la situación de salud que vive Sixaola, distrito donde se encuentra Tanagra, no es aislada. Así lo revela una nueva investigación publicada por la Facultad de Microbiología de la UCR este 2026 en la prestigiosa revista científica Transactions of the Royal Society of Tropical Medicine and Hygiene.
El estudio analizó 4 812 muestras de escolares en 24 distritos del país entre el 2008 y el 2019. Los resultados mostraron que el 56,4 % de las muestras estudiadas presentó, al menos, un parásito intestinal.
Las zonas evaluadas fueron Limoncito, Pavón, Chirripó, San Isidro, Río Azul, San Rafael, Uruca, Cuajiniquil, La Cruz, La Garita, Santa Cecilia, Upala, Yolillal, Limón, Río Blanco, Sixaola, Telire, Valle La Estrella, Amparo, Caño Negro, Delicias, Florencia, Los Chiles y Pital.
De esos lugares, Limoncito, Chirripó, Telire y Sixaola destacaron con las mayores concentraciones de parásitos intestinales. Esto sitúa a la vertiente y costa del Caribe como la principal área de transmisión detectada en el estudio.
“Que hayamos identificado focos activos de transmisión de parásitos intestinales es de gran importancia, debido a que estas infecciones se consideran prácticamente erradicadas en gran parte del país. Estos focos corresponden, en su mayoría, a zonas con condiciones que favorecen la persistencia de la transmisión”, puntualiza el Dr. Javier Mora Rodríguez quien, con el Dr. Alberto Solano Barquero —ambos docentes de la Facultad de Microbiología de la UCR— lideraron el estudio.
Esas condiciones que menciona Javier son, precisamente, las que Marlon y su comunidad enfrentan cada día: un acceso limitado al agua potable y falta de un saneamiento adecuado.
Esas brechas han favorecido que parásitos tan antiguos y conocidos como Ascaris lumbricoides, popularmente llamada lombriz intestinal, todavía encuentren condiciones para persistir. Fue, de hecho, el parásito encontrado con mayor frecuencia en las muestras analizadas, presente en casi uno de cada cinco escolares examinados (19,6 %) en algunas regiones del país.
Los parásitos microscópicos capaces de causar enfermedad (protozoarios) tampoco se quedan atrás y Giardia intestinalis predominó con una prevalencia del 13,5 % en las zonas estudiadas.
Específicamente, en el distrito de Sixaola, los datos confirman una importante presencia de ambos grupos de parásitos. El 31,9 % de las muestras presentó helmintos —gusanos— y el 39,3 %, protozoarios intestinales.
La respuesta de Tanagra
Aunque las cifras por parasitosis siguen siendo altas, comenta el Dr. Mora, para Ana Beker la situación años atrás era aún más grave.
La razón, amplía Santo Lira, se debe a una mezcla peligrosa: inundaciones, materia fecal y pozos expuestos a contaminación que, si bien ya no beben de ahí, se siguen utilizando para otras actividades diarias.
Según recuerda Santo, la situación se agudizó en el 2005. Cuando la compañía bananera cerró sus operaciones en la zona, con su salida también desapareció el suministro de agua potable. Esto hizo que los pozos fueran su alternativa más cercana para solventar sus necesidades. El escenario, que por sí mismo ya es difícil, se agrava en la época lluviosa.
Hoy, las fuertes precipitaciones siguen ocasionando inundaciones que arrastran los residuos de las letrinas —y de otros sitios utilizados para la disposición de excretas— hasta los pozos. Como consecuencia, el agua termina contaminada.
“Lo que pasa es que la comunidad no usa letrinas, son pocas y ese es el problema que tenemos. Los niños hacen sus necesidades en el suelo, se puede decir. Donde hicieron sus necesidades el día anterior, ahí vuelven a hacerlo hoy”, comenta Santo Lira.
Las repercusiones de esa contaminación no tardan en aparecer. Consumir agua contaminada o caminar descalzos sobre un barro con residuos de heces favorece la transmisión de los parásitos existentes. Esto abre la puerta a que las infecciones se extiendan dentro de la comunidad, con efectos tan profundos como silenciosos.
Cuando una niña o un niño con parásitos sin tratar enfrenta una infección intestinal, puede ver comprometido su crecimiento, su estado nutricional y su capacidad para aprender.
Las formas más visibles de estas enfermedades son el agrandamiento del abdomen, el agotamiento constante, la anemia, la desnutrición y las molestias gastrointestinales, que suelen dificultar su concentración en clase, limitar su desarrollo físico, intelectual y afectar su bienestar.
Tanagra decidió que eso debía cambiar. Por eso, y bajo una fuerte organización comunitaria, en el 2011 llegó aquel único tubo de agua potable al que Marlon pasa casi a diario. Aún insuficiente, sí, pero para sus habitantes significó el primer avance que les permitió reducir la dependencia de los pozos, minimizar las condiciones que favorecen la transmisión de parásitos y proteger a su niñez.
Por supuesto, había más por hacer. En el 2014, Tanagra tuvo un nuevo objetivo: dar seguimiento a la salud de sus niñas y niños. Parte de ese seguimiento empezó a recaer en las propias madres, quienes observaban a sus hijas e hijos en busca de señales que pudieran advertirles que algo no estaba bien. Pero observarlos no bastaba.
Ahí fue cuando la comunidad decidió buscar nuevos aliados y encontró en la Facultad de Microbiología de la UCR un apoyo para aquello que ellos mismos había identificado como necesario: tener más diagnósticos, más exámenes de laboratorio, más gestión del tratamiento y una mayor prevención.
“Como no somos ni panameños ni ticos, a veces no nos atienden. La UCR nos ha dado ese apoyo para continuar cuidando a nuestros niños”, afirma Ana Beker Bonilla.
El Dr. Javier Mora explica que cada visita, toma de muestras o actividad educativa se acuerda previamente con representantes del pueblo originario.
La medicina occidental no llega a imponerse sobre sus formas de entender y atender la salud, sino a aportar desde el diagnóstico, el tratamiento y la prevención con un fuerte respeto a su forma de entender el mundo.
Unión de saberes
El esfuerzo que Tanagra ya había puesto en marcha se fortaleció con el acompañamiento de la Facultad de Microbiología de la UCR que ha permitido, entre otras cosas, detectar casos cuya gravedad difícilmente podía advertirse a simple vista.
“En una muestra que analizamos vimos una gran cantidad de parásitos, lo que evidenciaba la magnitud de la infección que algunos niños en Tanagra estaban experimentando”, explica el Dr. Mora.
Para Santo Lira, esto ha sido significativo. «La universidad siempre nos ha acompañado y gracias a ellos estamos sanos, los niños más que todo, porque uno adulto aguanta, pero un niño no», asegura.
Ese acompañamiento continúa vigente bajo el liderazgo del Dr. Javier Mora Rodríguez. Actualmente, el Dr. Mora coordina dos proyectos de Acción Social de la UCR: el TC-552 «Prevención de parasitosis en escolares de zonas vulnerables de Costa Rica» y el ED-511 «Estudio coproparasitológico en escolares de comunidades rurales».
Con ambas iniciativas, el Dr. Mora, junto con el Dr. Alberto Alonso Solano Barquero, médico y biólogo; y el técnico de laboratorio, Cristian Fonseca Chaves —de la mano con estudiantes de diversas carreras y otros docentes—, han recorrido distintos territorios del país a fin de colaborar con las comunidades que lo solicitan.
En casi 18 años, las iniciativas han capacitado a cerca de 5 170 personas en prevención, efectuado más de 4 800 análisis de heces y gestionado el tratamiento directamente a las personas con la infección.
Ese recorrido ha permitido ir, además de Tanagra, a otras 23 zonas del país. Una de ellas es la comunidad Bribri ubicada en el distrito de Telire que, desde hace años, también construye su propia respuesta frente a la parasitosis.
En este distrito, el estudio de la UCR identificó una prevalencia de 62,8 % de protozoarios intestinales, una de las más altas registradas, pero también encontró una comunidad que, por años, se ha organizado para hacer frente a esa realidad.
La experiencia Bribri
«¡Éwa!». Así comienza el saludo en lengua bribri, mucho antes de cualquier explicación, en un lugar donde las pangas suelen sustituir a las carreteras y los senderos conectan a hogares y escuelas.
Al igual que Tanagra, el pueblo Bribri también decidió hacer de la salud de sus niñas y niños una responsabilidad compartida para que puedan crecer sanos, fuertes y con mejores oportunidades.
“Lo que la comunidad indígena Bribri utiliza para eliminar los parásitos es una planta que se conoce como amargo, un remedio tradicional», indica Jairo Morales Mora, habitante Bribri y director de la Escuela Wawet, localizada dentro del territorio del pueblo originario.
Durante generaciones, comenta Jairo, las familias Bribri han recurrido al Awá [médico tradicional], quien proporciona las plantas medicinales para aliviar y combatir las parasitosis y otras enfermedades. El tratamiento se acompaña de rituales importantes como los cantos de sanación.
A esos conocimientos ancestrales también se han sumado las otras herramientas de la UCR: el diagnóstico, los análisis de laboratorio, las acciones de prevención y la gestión del tratamiento farmacológico. Ese intercambio, afirma Jairo Morales, ha sido un apoyo adicional valioso para la comunidad.
Los análisis de laboratorio permiten confirmar la presencia de los parásitos, apoyar en la atención de casos y reforzar las acciones de prevención, sin desplazar los saberes ancestrales que el pueblo Bribri ha preservado por generaciones.
“Algunas familias están muy conformes y muy agradecidas, porque para ellos hacerse exámenes ayuda a que los niños estén saludables. […] Si el proyecto dejara de realizarse en la comunidad, probablemente volveríamos a lo de antes. La salud se deterioraría”, resaltó Jairo Morales.
Así, Tanagra y el pueblo Bribri continúan actuando desde aquello que está a su alcance. Las comunidades se organizan, protegen a su niñez, preservan sus conocimientos y suman nuevas herramientas para enfrentar una enfermedad que todavía circula en sus territorios.
En Tanagra, es probable que Marlon siga pasando camino a casa frente al único punto de agua potable que su comunidad consiguió después de años de esfuerzo. Ese tubo representa un avance, pero también recuerda lo que falta.
A casi 240 kilómetros de allí, en Telire, el “¡éwa!” seguirá abriendo días en los que los conocimientos transmitidos por generaciones del pueblo Bribri conviven con nuevas herramientas para cuidar la salud de su niñez.
Lo que falta, ahora, es garantizar las condiciones necesarias para que una enfermedad que se aferra a permanecer, pueda, finalmente, irse.
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