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Memoria viva: El impacto del terremoto de 1991 a 35 años de la tragedia

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Por: Fabricio Alfredo Obando Chan, periodista.

Con información de: Esteban J. Chaves, Director del OVSICORI-UNA.

Hace 35 años, un 22 de abril de 1991, los medios de comunicación de Costa Rica  informaban sobre un evento que cambiaría la historia de Costa Rica: un terremoto de magnitud 7,7 sacudía el Valle de la Estrella, en Limón. Fue el sismo más potente registrado instrumentalmente en el país, un movimiento que se sintió desde Tegucigalpa hasta Ciudad de Panamá e incluso en la isla de San Andrés, Colombia.

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​La tragedia dejó una estela de dolor: 48 fallecidos y 651 heridos en suelo costarricense; mientras que en Panamá se contabilizaron 79 muertes y más de mil heridos. El impacto material fue devastador, con 4.452 estructuras colapsadas, casi 8.000 viviendas dañadas y 309 kilómetros de carreteras destruidos.

​Un país que tembló desde sus cimientos

​El epicentro se ubicó a 36 kilómetros al sur-suroeste de la ciudad de Limón, a una profundidad de apenas 20 kilómetros. Esta escasa profundidad fue determinante para que la energía liberada causara tal destrucción en la superficie.

​Científicamente, el evento ocurrió en el Cinturón Deformado del Norte de Panamá (CDNP), una estructura donde la placa Caribe y la microplaca de Panamá convergen a una tasa de 20 mm/año. La ruptura se extendió por 50 kilómetros, con un desplazamiento de 2 metros en apenas 25 segundos. Los efectos geológicos fueron inéditos: la línea de costa en Limón se levantó hasta 1,85 metros, un tsunami local golpeó el Caribe sur y la licuefacción de suelos devastó 3.000 km².

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​1991 vs. 2026: De la ceguera instrumental a la vanguardia

​En 1991, el Caribe era prácticamente un «punto ciego». Costa Rica dependía de equipos analógicos limitados y redes concentradas en el Pacífico y el Valle Central. No existía la capacidad de localizar un sismo en tiempo real; la ciencia debía esperar días para analizar datos mientras la población vivía en la incertidumbre.

​Esa carencia impulsó al Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (OVSICORI-UNA) a transformarse. Hoy, el panorama es radicalmente distinto:

  • Infraestructura: El OVSICORI opera 110 estaciones sísmicas de alta sensibilidad (con una inversión de $32.000 cada una) y redes geodésicas de precisión milimétrica.
  • Tiempo de respuesta: Lo que en 1991 tomaba días, hoy toma segundos. Un sismo de magnitud 3 se procesa y comunica en menos de un minuto.
  • Prevención: Esta red permite elaborar mapas de amenaza sísmica que dictan los códigos de construcción y alimentan los sistemas de alerta temprana que millones de costarricenses reciben en sus celulares.

​El riesgo de volver al pasado

​A pesar de estos avances, el Director del OVSICORI, Esteban J. Chaves, advierte que este ecosistema de seguridad está en peligro inminente. En 2023 venció el financiamiento del Fondo Nacional de Emergencias que sostenía la operación y expansión de la red.

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​»Sin financiamiento estable, las estaciones se deterioran, los sensores fallan y no se reemplazan. Las zonas que hoy tienen cobertura podrían volver a ser puntos ciegos», señala la institución. Mantener esta red, valorada en millones de dólares, requiere una fracción mínima comparada con el costo de la reconstrucción tras un desastre.

​Una solución en la Asamblea Legislativa

​Para evitar el «apagón» del monitoreo nacional, se tramita el expediente 24.738. Este proyecto de ley busca un financiamiento permanente mediante una contribución del 0,60% sobre las primas de seguros de vida, salud e incendio. De aprobarse, el OVSICORI recibiría cerca de ¢600 millones anuales destinados exclusivamente a equipo y expansión tecnológica.

​Una deuda con el futuro

​Hoy, 22 de abril de 2026, recordamos a las víctimas del Valle de la Estrella no solo con nostalgia, sino con una advertencia. La pregunta en un país como Costa Rica no es si volverá a temblar, sino cuándo.

​La diferencia entre la tragedia de 1991 y la preparación actual radica en la inversión científica. Dejar que las estaciones se apaguen por falta de recursos no es austeridad, es negligencia. No permitamos que el silencio de los sensores sea el preludio del próximo desastre.

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